Energía: el autoconsumo

La energía solar fotovoltaica, en la que España fue un país puntero a nivel mundial en lo referente a tecnología, es un sector que ha sufrido una crisis que a punto ha estado de hacerla desaparecer.

Y no por falta de rendimiento o escasa productividad, sino, a mi entender, por una nefasta política que llevó a la creencia de que era fácil enriquecerse instalando paneles solares por doquier y vendiendo la energía producida a unos precios que eran totalmente desproporcionados e imposibles de mantener, como así ha sido.

 

Las eléctricas, las malas de la película, tienen razón al alegar que legalmente están obligadas a satisfacer las demandas que se produzcan, con el agravante de que la energía eléctrica no se puede almacenar, sino que se tiene que producir según la demanda de cada momento. Se ven obligadas a constantes inversiones y costosas labores de mantenimiento para ajustar la producción a la demanda real en cada momento.

 

La producción fotovoltaica tiene que colaborar en el mantenimiento del sistema con algún tipo de aportación, lo que lógicamente alarga su plazo de amortización. Para mayor asombro, nuestras autoridades, en lugar de exigir una compensación al perjuicio causado, incentivaban la proliferación de los llamados huertos solares, en los que han participado grandes grupos inversores ante lo suculento del pastel que se ofrecía. Inversores que, a la postre, han visto como una vez empezado el partido, se cambiaban las reglas del juego. Es decir, se abarataba el precio que se paga por la generación de energía, con el consiguiente disgusto e incluso demandas en los tribunales europeos.

 

Sin embargo, aquí no vamos a hablar de la producción para la venta, sino para satisfacer una parte de nuestro consumo, especialmente en viviendas unifamiliares, pequeñas industrias, etc.

 

En este caso la normativa es clara, ya que la instalación se legaliza por el Reglamento Electrotécnico de Baja Tensión (REBT) de forma sencilla y económica.

 

El grupo de paneles solares deben de producir entre un 20-30% de la demanda punta, instalando un dispositivo que impida que se genere y exporte a la red el sobrante, en caso de producirse.

 

La amortización de todo el equipo instalado está en el orden de los 5-7 años y, con la financiación adecuada, disponemos de una energía limpia, que se amortiza desde el primer momento, y que nos asegura una pequeña independencia. Es, además, nuestro granito de arena en la mejora del medio ambiente.