Boadilla y su historia
La Guerra Civil en Boadilla del Monte (IV): personajes

Pablo de la Torriente Brau (1901 San Juan de Puerto Rico-1936 Majadahonda)
Conocido como el héroe de Majadahonda, fue un escritor y poeta cubano que falleció durante la batalla de la Carretera de la Coruña. Sus escritos publicados en diversos periódicos contra el gobierno del dictador cubano Gerardo Machado le supuso su encarcelamiento y posterior exilio en Nueva York. Al comienzo de la Guerra Civil decidió venir a España y desde Nueva York escribió: “he tenido una idea maravillosa; me voy a España. A la revolución española (…) en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos (…) pero ahora yo me voy a España, a ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha. A conocer héroes. A oír el trueno del cañón y sentir el viento de la metralla”. Llegó a España como corresponsal de las revistas New Masses (Nueva York) y El Machete (México), fundamentalmente motivado por su espíritu revolucionario, pero enseguida se alistará como miliciano y comisario político, a pesar de continuar su labor periodística.
En Alcalá de Henares apadrinó a Pepito, un niño huérfano de 13 años que se convierte en su fiel compañero. En Madrid conocerá al poeta Miguel Hernández a quien designa jefe del departamento de cultura de la brigada y ambos planifican crear un periódico de la Brigada y una biblioteca para los soldados, así como que cada compañía tenga un maestro. Posteriormente ambos poetas partirán a Majadahonda a frenar el ataque del ejército de Franco en lo que conocemos como batalla de la carretera de la Coruña. Ambos poetas por la noche y cuando no había combates lanzaban arengas a las tropas franquistas utilizando grandes altavoces incitándoles a que se pasasen al lado republicano.
El 19 de diciembre, tras la toma de Boadilla del Monte por el ejército de Franco y en su avance hacia Majadahonda, cuando intentaba tomar un puesto de ametralladoras en la finca Romanillos, Pablo fue alcanzado por un disparo en el pecho y falleció. Al parecer sus restos mortales no pudieron ser recogidos hasta cuatro días después, cuando el capitán Justino Frutos organizó una sección de infantería de los andaluces para buscar su paradero. Junto al cadáver encontraron unos documentos escritos por Pablo que el mismo había intentado enterrar consciente de su final, y en las inmediaciones, días antes, también recuperaron el cuerpo de Pepito que no debió cumplir el mandato de Pablo de no seguirle en las situaciones de riesgo. Miguel Hernández al ver el cadáver de Pablo dijo “es uno de los muertos más serenos que he visto, parecía que no le hubiera pasado nada”, posteriormente le dedicó su Elegía Segunda que comienza así:
«Me quedaré en España, compañero
me dijiste con gesto enamorado
y al fin sin tu edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado»
Miguel Hernández Gilabert (Orihuela 1910- Alicante 1942)
Poeta y dramaturgo que según diversos autores se encuadraría en la Generación del 27, la Generación del 36 o en la Escuela de Vallecas. De escasa formación académica, Miguel Hernández fue pastor del rebaño de cabras familiar y con todo recibió educación primaria y estudió Bachillerato. La prohibición familiar de continuar con sus estudios no menoscabó la avidez de Miguel por la lectura en la biblioteca pública de autores tanto clásicos como contemporáneos y la escritura de poesía. Tras la publicación de su primer libro en 1933, Perito en lunas, comenzó su ascenso literario que le permitió colaborar con las Misiones Pedagógicas, con la enciclopedia de Los Toros de José María Cossío y con la Revista de Occidente, además de mantener una amistad con Vicente Alexandre y Pablo Neruda.
Miguel, tras el inicio de la Guerra Civil, se alista tempranamente como miliciano y se inscribe en el partido comunista, incorporándose a la brigada de El Campesino donde creará el período Al Ataque.
El periódico Nuestra Bandera de 22 de agosto de 1937 publica las palabras de Miguel Hernández en el Ateneo de Madrid, durante un acto de homenaje al poeta, organizado por la Alianza de Intelectuales. En ellas Hernández cuenta su experiencia en la retirada de uno de los primeros combates de la Batalla de la carretera de la Coruña, “las encinas de las lomas de Boadilla del Monte temblaban a nuestro paso enloquecido “, con la brigada de El Campesino y como asistió a una huida desorganizada de las tropas republicanas tras el feroz ataque franquista, en el que caían numerosos soldados gubernamentales: “En medio del fragor de la huida, de los cartuchos y los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menor impedimento, me hirió de arriba abajo este grito: “¡Me dejáis solo, compañeros! Una bala rasgó por el hombro mi chaqueta de pana, que conservaré mientras viva y las explosiones de los morteros me cegaban y hacían escupir tierra. '¡Me dejáis solo, compañeros!'. Se oían muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: '¡Me dejáis solo, compañeros! ¡A mi me falta y me sobra corazón para todo!' En aquellos instantes sentí que se me desbordaba el pecho; orienté mis pasos hacia el grito y encontré a un herido que sangraba como si su cuerpo fuese una fuente generosa. '¡Me dejáis solo, compañeros!' le ceñí mi pañuelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. '¡Me dejáis solo, compañeros!' Le abracé pare que no se sintiese más solo. Pasaban huyendo ante nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. El enemigo se oía muy cercano. '¡Me dejáis solo, compañeros!' Le eché sobre mis espaldas: el calor de su sangre golpeó mi piel como un martillo doloroso. '¡No hay quien te deje solo, compañero!' le grité. Me arrastré con él hasta donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude más le recosté en la tierra, me arrodillé a su lado y le repetí muchas veces '¡No hay quien te deje solo, compañero!' Y ahora, como entonces, me siento en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún hombre”.
Al finalizar la Guerra Civil huyó a Portugal donde fue detenido y entregado a la policía española, tras su paso por diferentes penales fue juzgado y condenado a muerte por un consejo de guerra. La intervención de varios amigos, como José María Cossío, supuso que se le conmutase la pena por la de reclusión durante 30 años, falleciendo de tuberculosis en 1942 en el Reformatorio de Adultos de Alicante.
Esmond Romilly (Londres 1918- Mar del Norte 1941)


De familia aristocrática, era sobrino de la esposa de Winston Churchill, primer ministro británico, fue un escritor de filiación comunista no militante y antifascista, que desde su rebeldía rechazó la formación universitaria en pos de buscar sus propias vivencias y experiencias vitales.
Romilly ávido de aventura y de la defensa de sus ideales se alista en las Brigadas Internacionales y de su experiencia en la Guerra Civil escribirá un libro, Boadilla, en el que narra su llegada a España, su formación en Albacete, al igual que el resto de las los brigadistas; y su participación en las batallas del Cerro de los Ángeles, Ciudad Universitaria y Boadilla del Monte. Hugh Thomas en su magnífica obra La Guerra Civil Española señala que el libro escrito por Romilly constituye una magnífica descripción de la batalla. Esmond ofrece una versión de primera mano, apasionada y personal de lo sucedido en la Batalla de la Niebla durante la toma de Boadilla del Monte por el ejército de Franco, en un buscado homenaje a sus compañeros de las Brigadas Internacionales del Batallon Thaelmann, que huye de aspectos políticos.
Romilly, nos traslada en el libro sus vivencias durante la dramática resistencia en esta localidad cuando llegaron a ella el 16 de diciembre. A pesar del título del libro, únicamente dedica 19 páginas a su paso por Boadilla del Monte. Romilly dice “disfruté sobremanera de mi posición especial de 'mensajero'; me daba una posición relevante y hacía más divertido aquel juego de soldados”. Al parecer tenía la misión de llevar un mensaje a Jules Dumont quien comandaba el Batallón Comuna de París o también llamado Batallón Dumont situado en Boadilla, compuesto principalmente por franceses, belgas italianos, españoles y un grupo reducido de ingleses.
Su vivaz narración es sin lugar a dudas la más detallada de la batalla de Boadilla: “Llegamos a lo que parecía haber sido el ayuntamiento. Tenía tres plantas y todas estaban repletas de hombres y sus equipos. Algunos estaban comiendo; otros dormían, pero la mayoría de ellos estaban tendidos como perros cansados, con los ojos muy abiertos. No hacían caso del bombardeo. Continuamos hacia 'el frente', apenas medio kilómetro carretera abajo más allá de la iglesia en cuyo campanario ondeaba una bandera roja. La puerta y las ventanas resguardaban a los servidores de las ametralladoras tras las barricadas levantadas a toda prisa con sacos de arena. Las balas silbaban cerca de nosotros; una de ellas reventó una vidriera que todavía estaba intacta. El 'frente' tenía forma semicircular pero no se veía a nadie en posición de fuego. Un capitán español nos contó que había intentado resistir durante toda la noche. Habían sufrido una gran cantidad de bajas. Señaló hacia el pueblo y comentó: 'No hay nada delante de esa carretera por la que habéis venido. Debéis formar una fila y uniros a nosotros'.
En ese preciso instante un proyectil impactó contra un refugio cercano y nos agachamos. No había nada más que decir o hacer así que corrimos de vuelta hacia el pueblo… Cada dos otras minutos se repetían aquellos sonidos agudos tan familiares para todos, seguidos del estruendo producido por la metralla y las bombas de los rebeldes que caían en las calles de aquel pequeño pueblo. Una habitación en uno de los edificios se había convertido en puesto de socorro provisional; de ella salían gemidos de heridas y moribundos. El bombardeo era cada vez más intenso y supuse que nuestro edificio sería alcanzado en cualquier instante
Nos apartamos para dejar pasar a dos hombres con una camilla ensangrentada. A la víctima le habían atravesado la cabeza”.
Romilly y su compañero Birch tras llevar su mensaje desean volver a retaguardia ante el fuerte ataque franquista y para ello buscan algún transporte “Nos quedamos en la puerta esperando una explosión y después salimos de allí. Era como si nos hubiéramos metido en un huracán, no sabías cuando iba a llegar la ráfaga mortal. Había algo indescriptiblemente siniestro en los chillidos, las explosiones y las nubes de humo de la metralla en aquella polvorienta calle de pueblo. 'No sabemos cómo se llama este pueblo- dije- lo preguntaré'. Me lo dijo el primer hombre que encontré en el interior, pero los nombres españoles pronunciados por los lugareños resultan casi incompresibles para los extranjeros. Pasarón tres o cuatro minutos hasta que localizaron a alguien que supiera escribir. Lo deletreé: Boadilla del Monte”.
Vuelven a pie entre el fuego de las ametralladoras y el ataque de la aviación de Franco narrando episodios dramáticos: “los hombres volvían de uno en uno. Más tarde llegaron cuatro que transportaban a un hombre muerto en una manta. Luego otro con dos dedos amputados de un disparo. Después otros tres. Se detuvieron al borde de la carretera y luego la atravesaron a toda velocidad. El francés le gritó a un herido si necesitaba ayuda. El hombre negó con un movimiento de cabeza y continuó cojeando. Cuando los cuatro que cargaban con la víctima cruzaron, escuchamos como la manta se hacía jirones al tiempo que la acribillaban a balazos. La dejaron caer en mitad del sendero. El muerto cayó y por un segundo se quedó sentado. Un huracán de plomo alcanzó su cuerpo. Cuando rodó por el suelo estaba partido en dos”.
Al llegar la noche Romilly y sus compañeros se cobijaron en un pinar al norte de Boadilla y nos cuenta “el enemigo no estaba solo en Boadilla en aquel momento. Cuatro horas más tarde, escuchamos varios lamentos y gritos desesperados provenientes del pueblo. Los chillidos, seguidos de algún que otro disparo de fusil, siguieron durante toda la noche. Boadilla había sido rodeada casi por completo y la carreta de detrás estaba bajo el fuego de las ametralladoras. La evacuación se había llevado a cabo de forma apresurada y repentina. Entre los que habían quedado allí había catorce heridos, en un puesto de socorro improvisado. Quizás, aquellos angustiosos gemidos, mezclados con los gritos de los moros que ocuparon el pueblo, provenían de ellos”.
A su vuelta a Londres en enero de 1937, alicaído y desencantado, visitó a algunas de las familias de sus compañeros caídos en España. Publico su libro Boadilla por primera vez en Gran Bretaña en 1937 y su edición en castellano se publicó en 2011, también comenzó a trabajar para Reuters y el New Chronicle. Necesitado de aventuras, parte con su esposa en 1939 hacia Estados Unidos donde tras diferentes ocupaciones decide alistarse en la fuerza aérea canadiense, dándosele por desaparecido en una misión en el Mar del Norte.

