Hace tiempo que nadie puede abarcar todo el conocimiento humano. Estamos condenados a que, por más que nos empeñemos en evitarlo, nuestra ignorancia crezca. Nuestra capacidad de aprender puede ser mayor o menor, pero en todos los casos avanza más despacio que el progreso del conocimiento humano.
Todo se acelera, y debemos pensar que la tarea de educar a las nuevas generaciones para un tiempo que seguirá estando sometido a rápidos ritmos de cambio, también debe replantearse.
Reconozco que hay cosas fáciles de decir y difíciles de hacer. Afirmamos que lo más importante de la educación ya no son solo los conocimientos que se vienen transmitiendo de generación en generación. En el contexto que hemos descrito, lo decisivo está en la formación del carácter y en el entrenamiento de habilidades.
En primer lugar, se trata de conseguir que aprender sea una tarea atractiva e interesante. Si se logra una actitud positiva hacia el conocimiento, ya existe un sólido fundamento para la capacidad de adaptación a esta realidad en rápida transformación. Necesitamos jóvenes observadores, indagadores y curiosos, que experimenten y construyan conclusiones.
"Necesitamos jóvenes observadores, indagadores y curiosos, que experimenten y construyan conclusiones"
Se trata también de formar personas capaces de convivir. El éxito personal no se logra luchando contra los demás. Las personas de éxito son aquellas que han sabido aprovechar sus habilidades de manera que se complementen con las de otros. Lo que hizo grande a la humanidad fue su capacidad de colaboración. La responsabilidad, la perseverancia, saber escuchar, entender a los demás, apoyar los propósitos de otros y ceder cuando sea preciso son habilidades magníficas, no solo para la vida laboral, sino también para la convivencia diaria.
Las leyes educativas vienen señalando todo esto en sus reflexiones preliminares y, por tanto, toda la comunidad educativa —y aquí incluyo a profesores, alumnos y padres— debe estar dispuesta a cambiar.


