Boadilla y su historia

Así era el profesor Máximo Trueba

Un fatídico accidente de tráfico acabó con su vida hace ahora once años. Un hecho que conmocionó a sus compañeros y alumnos en el instituto de Boadilla. Tanto, que decidieron ponerle al centro el nombre de este profesor y escultor.

Máximo Trueba, a la izquierda de la imagen, con otros compañeros del instituto.

 

Abrimos esta sección, que cada mes dedicaremos a algún detalle o persona de la historia de Boadilla del Monte, con el recuerdo al escultor Máximo Trueba con motivo de la celebración en Madrid de la exposición Verbos de Silencio. Una muestra que reunió unas cincuenta obras del autor —nacido en Madrid en 1953— en el Centro Cultural de la Villa de Madrid hace un par de meses, y que hacía un completo recorrido por la totalidad de su trabajo de veinte años.

 
Hace ya once años que Máximo falleció en un trágico accidente en el año 1996. Fue profesor de Bellas Artes del Instituto de Boadilla que lleva su nombre de una forma curiosa a la vez que amarga.

 
El centro llevaba seis años funcionando y no tenía nombre pues la Comunidad Escolar todavía no se había puesto de acuerdo en la elección del mismo.
Se habían barajado los de varios escritores, científicos y un largo etcétera. Pero nunca se llegaba a uno de consenso. En 1996, la fatal noticia conmocionaba a todo el instituto y espontáneamente surgió la idea. La decisión fue unánime: el Instituto se llamaría Profesor Máximo Trueba.

 
Un profesor querido

 

Años después, los que no le conocimos nos preguntamos cómo sería esta persona para que todos estuvieran de acuerdo en perpetuar su nombre. Las opiniones recogidas no dejan duda: era un buen profesor, un gran compañero y un amigo querido.


Pero además hay otra parte de su vida muy relevante, su faceta artística, probablemente heredada de familia. Sus hermanos son los directores de cine David y Fernando Trueba.

 
Máximo era un extraordinario escultor, como demostró en las numerosas exposiciones en las que participó, entre ellas, varias ediciones de ARCO; y en las becas y premios que ganó a lo largo de su carrera, irremediablemente corta.
En los últimos años vivió en La Raya de Palancar, una urbanización a medio camino entre Brunete y Villanueva de la Cañada, en una finca de 3.000 metros con frutales y huerto. De personalidad solitaria, le encantaba la vida en el campo y el contacto con la naturaleza.


Una vida inquieta


Su vida hasta entonces había sido un tanto inquieta. A los 14 años se había ido de casa de sus padres para no cortarse el pelo. Pocos años después terminaría en París, a donde le llevó su atracción por la cultura francesa a la que se había acercado en las vendimias de años anteriores.

 

A su vuelta, su padre quería que realizara estudios de aparejador, pero la madre le apoyó en su empeño de matricularse en Bellas Artes.

 
Tras un reconocimiento médico, le diagnosticaron tuberculosis y fue ingresado en el hospital de Tablada. Allí conoce a la que sería su mujer. Terminaron viviendo en una pequeña casa en Aravaca.

 
Aún debilitado por la enfermedad, Máximo continúa con sus estudios de Bellas Artes y empieza a manifestar su faceta creativa, primero trabajando en talleres de otros escultores, entre ellos Pablo Serrano, del que aprendió mucho.
En 1980 participó en el certamen Villa de Madrid de Escultura al Aire Libre, exponiendo su primera obra de gran tamaño. Fue en Calatorao, Zaragoza, donde encontró las canteras de piedras oscuras que le fascinarían y a las que siempre recurriría para convertirlas en arte. Tres años después hizo su primera exposición en solitario y vendió todas sus obras.

 
Artista y docente


Pero las dificultades para vivir sólo del arte le empujaron a dedicarse a la docencia, que compaginaba con su trabajo de escultor. Al instituto de Boadilla llegó 1990, cuando se inauguró. Ahí permaneció hasta su muerte.


No le gustaban los críticos ni el ambiente que rodea el mundo del arte, pero sí le encantaba relacionarse con otros artistas. Con la galerista Evelyn Botella entabló una relación, que duró hasta el final de su vida, basada en un entendimiento mutuo que a Máximo le permitió desarrollar sus aptitudes sin presiones ni interferencias. Ella exponía sus obras en la Galería Aele y mostró sus obras por el extranjero.


Máximo era un melómano empedernido. Su afición por la música era tal que llegó incluso a construir un violín a partir del libro El secreto de Stradivarius que le regalaron.


Sus esculturas son de un extraordinario equilibrio, de líneas sencillas y puras, pero de una indiscutible precisión. Cuando se observan, se tiene la sensación de que no sobra ni falta el más mínimo resquicio. Es como si por obra de la naturaleza hubieran estado siempre ahí. Un conjunto de exquisita armonía.