Tiempos difíciles para los boadillenses

Un nuevo historiador se suma a las páginas de nuestra revista. Alejandro Peris Barrio nos trae algunas curiosidades de nuestro municipio.

Tiempos difíciles para los boadillenses.
Tiempos difíciles para los boadillenses.

La principal diversión de las familias reales españolas fue la caza. Hubo monarcas que más que aficionados fueron apasionados por la actividad cinegética, hasta tal punto que por ella abandonaron incluso las tareas de gobierno.

Para su afición favorita dispusieron de magníficos cazaderos y estratégicamente situados, que fueron la envidia de otros monarcas europeos.

Los vecinos de los pueblos próximos a los cotos reales tenían que ver cada año como los venados, jabalíes, conejos, perdices, etc. se comían y destrozaban sus cosechas sin que ellos pudieran evitarlo.

Los bosques de Boadilla del Monte y Villaviciosa de Odón fueron creados por el infante D. Felipe, hermano del rey Carlos III, y acotados por primera vez en 1739. 

En 1785 Carlos III decidió tomar en arrendamiento esos bosques pertenecientes entonces a doña María Teresa Vallabriga y Rozas, viuda del infante D. Luis, y a sus hijos por el precio de 4.000 ducados anuales. 

A pesar de que el infante D. Felipe se propuso pagar a los vecinos de los pueblos próximos, entre ellos a los de Boadilla, los daños que les causara la caza porque deseaba “el alivio de sus pueblos”, no siempre lo cumplió y aquellos se empobrecieron notablemente.

El 13 de diciembre de 1748 las autoridades de Boadilla y las demás de los pueblos próximos a los bosques enviaron una carta al rey Fernando VI exponiéndole que como apenas se cazaba en ellos, se refugiaban allí muchos animales de El Pardo y entre todos se comían los frutos de sus vecinos.

En el reinado de Carlos IV continuaban los problemas hasta tal punto que a finales del siglo XVIII los labradores de Boadilla habían pasado de recoger de 7 a 8.000 fanegas de trigo anuales a 600 y de 18 a 20.000 arrobas de vino, a 30.

Ante la grave situación de pobreza en que se encontraban los boadillenses, el cura párroco de entonces, D. Ramón Rosa Gutiérrez, envió una carta el 7 de enero de 1797 al ministro Manuel Godoy en la que le decía:

“Con profundo dolor le hago presente el ningún efecto que tiene en esta villa, la de Villaviciosa y demás de la comarca en donde, ni la influencia de los astros ni el incesante sudor del labrador, pueden producir jamás un año feliz; y es la causa los daños, los incalculables daños de la caza, no cogiendo el infeliz más que un tercero o cuarto retoño, de lo que siembra pues nace, se lo comen, vuelve a arrojar y vuelven a comer y, como cada vez es con menor fuerza, les queda poquísimo y soy testigo de nada”.

Carlos IV daba limosnas a los vecinos pobres de Boadilla y Villaviciosa cada vez que iba a cazar a sus bosques. Esa costumbre continuó y el rey estableció para los necesitados de esos pueblos una limosna que se cobraba en la Real Renta de Correos de Madrid. En 1804 se pidió al rey que la limosna, unos 1.000 reales al año, se entregara al tesorero de la Junta de Caridad de Villaviciosa porque necesitaba el dinero para socorrer a enfermos.